Foto: Las 10 cosas que más molestan a un camarero

Las 10 cosas que más molestan a un camarero

Después de hablar con muchos profesionales de hostelería, de esos que se pasan la vida cara al público, estas son las 10 cosas que los camareros detestan de los clientes. Un listado que leído a la inversa se convierte en el decálogo del comensal perfecto. Tenlo en cuenta cuando vayas al próximo restaurante.  La empatía, ponerse en el lugar del otro, es la clave para saber estar y comportarse dignamente.
Texto
Julia Pérez Lozano
@juliaplozano
Publicado 21/11/2016

 

 

1.- La prepotencia y los malos modales

Como pagas eres el rey, vale, pero no un tirano. No te sulfures, ni digas aquello de “usted no sabe con quién está hablando”. Probablemente no, no lo sabe, pero tampoco le importa, ni es la cuestión. Pagar la factura no nos da derecho a maltratar al personal que nos atiende. Recuerda que son profesionales, igual que tú, que están haciendo su trabajo. Trátalos con respeto y educación. Si surge un problema házselo saber de buenas maneras y con discreción. ¿Es que en tu diccionario personal no existen las palabras por favor, gracias, de nada? ¿O es que se te olvidan cuando entras en un bar o un restaurante? Lo correcto sería que al dirigirte al camarero, después de saludarle, le miraras con una sonrisa, pero si esto no es posible porque eres un tipo serio o introvertido, sé educado y utiliza todas las fórmulas de cortesía que tengas a mano, empezando por conjugar los verbos en condicional “podría traerme” “sería tan amable de”, “perdón, le importaría”, “le agradecería que” en lugar del hosco imperativo, “tráigame”, “sírvame” “ponga”.  El modo energúmeno hace tiempo que fue desterrado.

 

2.- Los “no show”: reservar y no ir.

Si haces una reserva y no puedes ir, avisa. Y si reservas para dos, no te presentes con cinco y un carrito de bebe. ¡Un poco de seriedad! En los restaurantes no se improvisa. Dejar una mesa vacía supone un grave perjuicio para el local y un trastorno para la organización del servicio que ve alteradas sus previsiones. La costumbre nefasta que se ha extendido en algunas capitales de que grupos de amigos reserven mesa en varios locales  con la intención de elegir en el último momento el que más les apetece y no cancelar el resto, es un síntoma más de falta de consideración y mala educación. Lo mismo que no contestar las llamadas que los restaurantes realizan varias horas antes del servicio para reconfirmar. Una actitud tan generalizada como deplorable. Solo así se entiende que cuando se llama para cancelar una reserva, den las gracias con entusiasmo.

 

3.- El exceso de confianza

Ni jefe, ni guapa, ni chaval... Ni nada por el estilo. Estos apelativos no son los adecuados para dirigirte a un profesional. Si necesitas que te atiendan un “por favor” o un “cuando pueda” son suficientes. En ocasiones, una mirada debería bastar. El cliente es el primero que tiene que marcar la distancia y eso se hace desde el respeto. Este tipo de expresiones solo contribuye a levantar un muro en lugar de generar empatía, que es el motor de las buenas relaciones. Tampoco es preciso que le cuentes tu vida al camarero,  que le inlcuyas en la conversación (menos si es íntima), que te hagas el gracioso, le digas piropos a las camareras (el machismo ha muerto), o intentes ligar con el personal para que te atiendan mejor. Ahórrate las demostraciones de “cariño”. Si quieres expresar tu gratitud, deja una buena propina: es más efectivo y sobre todo más elegante.

 

4.- Los caprichos injustificados

La carta la define el cocinero, no el camarero. Por eso cuando se le piden cambios a veces tiene poco margen de maniobra. Lo mismo sucede con el espacio, no pueden poner la mesa donde tú quieras. El funcionamiento de un restaurante –incluso de un baro una cafetería- es más complejo de lo que los clientes pensamos, en ocasiones algo que para nosotros resulta nimio, puede ser imposible de realizar por causas logísticas, técnicas o informáticas. Por eso los camareros detestan que les alteren los platos, el orden del menú, etc. ¿Te imaginas decirle a un médico cómo quieres que te opere o cambiar la ruta de un autobús para que te deje en la puerta de tu casa porque te viene mejor? Vale es una exageración, pero en el fondo es lo mismo: le estás pidiendo a un profesional que varíe su protocolo de actuación. Si no te gusta un plato, pide otro, y si hay algo que no quieres comer (en el caso de los menús fijos) adviértelo al principio. No digas que tienes alergia si no es cierto, puedes organizar un zafarrancho mucho mayor de lo que imaginas.

 

5.-  Las peticiones con cuentagotas

 “Me puede traer sacarina”(..) “y leche fría en una jarra”(…) “ y una pastita de aquellas para acompañar”(…) “y  de paso la cuenta”. Y, y, y, y… Se lo podrías haber pedido todo a la vez. Le habrías ahorrado varios paseos y tú te habrías tomado el té al mismo tiempo que tu amiga. Pensar bien lo que se necesita antes de pedirlo es un rasgo de cortesía para con el equipo de sala.

 

6.- Los que se empeñan en cerrar el local

Te lo estás pasando genial y la sobremesa se alarga... Pero no estás solo. En la esquina, alguien, discretamente, hace guardia para que no te falte de nada. Solo espera de ti un poco de consideración, porque son las dos de la madrugada y has terminado de cenar a media noche. Esta es una costumbre muy española (como he pagado que se aguante), que en otros países ni se entiende ni se practica. Los locales aquí, aunque tienen horario no lo cumplen. La hora de cerrar es la que decide el último cliente ¿Hasta cuando?

 

7.- Los padres enrollados

Sí, cada vez hay más. Son esos tan guays que no son capaces de poner límites a sus hijos (no les vayan a crear un trauma infantil) y los dejan que campen a sus anchas molestando al resto de comensales (mientras ellos están a lo suyo) e impidiendo que el personal desarrolle su trabajo correctamente. No es que no se den cuenta de que los niños molestan, es que les da igual. Son aboslutamente desconsiderados y egoistas. Ahora, como se te ocurra hacerles alguna observación prepárate a recibir una teórica de psicología moderna, y si eres el camarero, más. Debe ser que en su manual de Cómo ser el padre perfecto no explicaban que su libertad (y la de sus retoños) acaba donde comienza la de los demás.

 

8.- Los que no saben beber

Ocurre con más frecuencia en los bares, pero también pasa en los restaurantes, incluso en los de alta cocina. Clientes que beben más de la cuenta, pierden los papeles y se enfrentan con el personal, alborotan la sala e incomodan al resto, o se caen redondos en el cuarto de baño. Situaciones incómodas que generan violencia, mal estar o peligro y colocan sobre el profesional de hostelería una responsabilidad que no le corresponde. Todo por actuar con imprudencia y temeridad, convencidos de que el cliente lo puede todo.

 

9.- Las cuentas divididas

Aunque España no es Alemania, donde cada uno paga su cubierto, cada vez es más habitual que los importes de las comidas en grupo se repartan. Si es así, adviértelo al principio para que el camarero sepa que tiene que preparar cuentas separadas. Te ahorrarás tiempo de espera y le facilitarás el trabajo al equipo de sala.

 

10.- Los críticos espontáneos

Sí, desde que la gastronomía está de moda y las redes sociales han democratizado la opinión, es muy común encontrarse con clientes dispuestos a puntuar los establecimientos y compartir sus valoraciones con los propios profesionales, ya sea de viva voz o a través de las páginas como Trypadvisor. “Pues a usted no le pongo más de un 5, a ver si aprende a explicar los platos. Y dígale al sumiller que la bodega no pasa del 4”. Lo peor de todo es cuando estos comentarios se hacen como represalia por un trato que se considera injusto, o incluso sin haber visitado el local con el único motivo de desprestigiarlo.

Aprende a realizar una crítica gastronómica

Imágen http://www.cocinerosurbanos.com

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