Su vida es la cocina, el día a día en el restaurante que dirige a medias con su marido Quintín, quien se ocupa de la sala y la bodega.

AQ son sus siglas. Lo abrieron en 1991 y se ha hecho un hueco en Tarragona. Sus platos son sencillos, pero muy sabrosos. Tradición con un giro de modernidad con el único interés de agradar a la clientela. Productos del terruño y algún guiño exótico (miso, wagyu con romesco, cochinita pibil…), señal de que siempre está al día. "Tarragona no es una ciudad fácil, pero estamos contentos y la clientela también. Yo soy feliz en la cocina, es mi pasión, aunque este oficio es muy sacrificado. La imagen que se da de los cocineros es totalmente falsa. Para entender lo que hago, para conectar con mi cocina la mejor fórmula son los menús degustación, por eso tenemos tres".

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