Inició una "revolución silenciosa" desde los fogones madrileños de El Club Allard y se ha embarcado en una visión personal de la gastronomia en su DSTAgE capitalino.  Guerrero, por nombre y definición, pertenece a la élite patria de la gastronomía, de donde hace mucho que dejo ser promesa y es realidad. 

Diego Guerrero no es un chef al uso, cuando la moda más cool habla de KM0, él habla de globalización y de dar lo mejor del mundo en cada mesa sin cortapisas, después de todo él considera su obligación es hacer el sueño de la gastronomía realidad. Cuando se leen esas declaraciones uno recuerda a esas charlas en Madrid Fusión de Ferrán Adriá en las que hacía el mismo llamamiento a disfrutar de lo mejor. No es extraño que se encuentre sintonía, después de todo este cocinero vitoriano pasó por El Bulli, al igual que por Martín Berasategui (otro grande la formación de cocineros nacional) y Goizeko Kabi. Antes se formó en la Escuela de Zabalburu en Bilbao, pero ha llovido mucho desde entonces, ahora el chef roza los cuarenta.

Desde un principio destacó, hasta el punto de asumir la jefatura de su primer restaurante con apenas 23 años, el Refor, al que convirtió en apenas tres años en una referencia gastronómica vasca y nacional. Allí apuntaba maneras y pronto saltaría a su gran oportunidad, El Club Allard, donde se hizo con dos estrellas Michelin, dos soles Repsol, entre otros muchos galardones. Pero no todo fue un camino de rosas, pese a que obtuvo el reconocimiento prácticamente desde el primer año de trabajo, lo suyo ha sido una carrera de fondo, constante, construida a base de trabajo y el talento que emana de su cocina.

Allí, con aquella tarjeta que decía “Bienvenidos a la revolución silenciosa…”, marcaba un poco la pauta de su cocina y de su carrera. Ha participado activamente en congresos y ponencias, pero nunca ha querido destacar por esta actividad y lo ha conseguido, se oye hablar más de él por su cocina que por salidas fuera de ella. Volviendo a la tarjeta, el chef invitaba con ella a una reflexión previa a lo que se iba a encontrar el comensal, una cocina que lejos de ser rupturista buscaba la evolución cargada de materias primas de gran calidad y trampantojos con platos memorables como su Torrija de pan tumaca con sardina en aceite o ese Huevo con pan o su Panceta sobre crema ligera de patataque ya tiene más de una década de historia. Y allí impuso en la villa y corte la elección de un menú, la ciudad que era poca amiga de los menús encorsetados (gustaba demasiado de la carta), se plegó ante la propuesta.

Ahora, tras dejar atrás esa brillante etapa en El Club Allard, ha abierto su propio restaurante DSTAgE donde promete y ofrece nuevas experiencias a los amantes de la gastronomía

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