El Moscatel Viejísimo que atesora la bodega navarra Chivite en su Colección 125, y extrae en sacas muy limitadas –apenas 466 botellas de 37,5 cl, en esta última edición, correspondiente a 2025– es un elocuente ejemplo de la excelencia y singularidad que albergan los mejores vinos dulces del mundo.
Como los grandes elixires de Tokaji y Sauternes –que fundamentan su contrastado equilibrio entre dulzor y acidez en la incidencia de la botrytis cinerea, el hongo que afecta a la vid y da lugar a la llamada «podredumbre noble»– este venerable moscatel navarro no es un vino para consumir a diario. Merece ser degustado en ocasiones especiales, como la sobremesa del 6 de enero, cuando se convierte en el socio ideal del tradicional roscón de Reyes.
Y no solo porque los matices de fruta compotada, especias dulces, los recuerdos de frutos secos, la voluptuosa textura y, sobre todo, la incisiva acidez de este memorable moscatel armonicen a la perfección con el roscón, sino porque el disfrute de ambos productos en esta ocasión, en buena compañía y en esta fecha tan especial –con la que se concluyen las fiestas navideñas– justifican el descorche de un vino único.
Barricas en la bodega de Chivite
En cualquier caso, si se tiene la fortuna de disfrutar del Moscatel Viejísimo de Chivite, hay que saber que tras este vino pervive la sabiduría, experiencia y el legado de la bodega fundada por la familia Chivite, cuya trayectoria vinícola se remonta al año 1647.
Entre otras cosas, los Chivite –que ya no son propietarios de la bodega, hoy en manos del Grupo Perelada– fueron pioneros en elaborar un moscatel de vendimia tardía, a partir de la viña El Candelero, plantada con moscatel de grano menudo en la Ribera Baja de Navarra en 1969. El proceso de vendimia se lleva a cabo de manera manual y de forma escalonada, seleccionando exclusivamente los racimos sobremadurados (el resto permanece en la viña para la siguiente selección).
El mosto fermenta parcialmente en roble Allier y se detiene de manera natural, preservando el equilibrio perfecto entre dulzor y acidez. Posteriormente realiza una prolongada crianza oxidativa en barrica, hasta alcanzar su característico perfil aromático, rico en notas de miel, piel de naranja y especias, y una boca sedosa, afilada y vibrante. Un conjunto de sensaciones que lo sitúan entre los grandes vinos dulces del mundo.
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