A pesar de que se la considera la variedad blanca más excelsa del viñedo global, la chardonnay es también una uva a menudo vulgarizada por viticultores sin escrúpulos, que sólo aspiran en elaborar con ella vinos artificiosos sin más interés que el cartel que les ofrece la propia chardonnay.
A causa de ello, los que amamos el vino solemos sospechar sobremanera de la mayor parte de los blancos producidos con esta uva en regiones con características de suelo y clima muy distintas a las de Borgoña, cuna natural de la chardonnay.
De allí que nos sorprendamos –y alegremos– cuando llega a nuestra copa un vino como el que ha concebido el alemán Friedrich Schatz en su bodega de la serranía de Ronda (Málaga).
Trabajando con métodos de viticultura biológica, y extremando el paso del vino por la barrica (apenas 5 meses de crianza sobre lías), Schatz ha conseguido dar a luz uno de los mejores chardonnays de cuantos se elaboran en España, bendecido por una rica expresión aromática de fruta blanca y especias, una boca glicérica con recuerdos de piña y lichi y un final largo y memorable.
Un chardonnay exótico, insólito y que bien merece la pena probar.
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