Heredero de una importante saga de hosteleros comenzó trabajando en la sala como sumiller para terminar en la cocina. Ahora, en plena madurez, con un fecundo camino recorrido ve su proyecto consolidado: la renovación de la cocina gallega es una realidad.

Es cocinero pero le tira la sala y no pierde ocasión de volver a ella siempre que puede. “Necesito ver la cara de los comensales, saber qué sienten cuando paladean mis platos. Ahora que tengo el restaurante como lo había soñado, me gusta mimarlos, compartir mi tiempo con ellos, fuera de la cocina”. Se cierra el círculo. Cinco décadas de trabajo continuado de tres generaciones de una familia que ejemplifican un modelo de negocio sostenible, que perdura en el tiempo sabiendo adaptarse a las necesidades de cada momento. La vida es evolución, movimiento, un chorro de energía que se renueva cada día. La cocina también. Solla sabe que no hay futuro sin tradición, por eso sus elaboraciones se inspiran en el recetario tradicional gallego. Pero le da una vuelta de tuerca y lo pone al día sin que pierda la esencia, la raíz, la personalidad. Productos escogidos y sencillez extrema son las bases sobre las que se asienta su cocina. En ocasiones dos ingredientes en el plato, acompañados por un aliño (aceite, escabeche) bastan para conseguir un derroche de delicadeza. Un minimalismo radical que no es una pose, sino una forma de entender la cocina. Tiempos exactos, grasas medidas, y algún chispazo de humor ayudan a crear complicidad con el comensal.

Junto a otros cocineros de la región forma parte del Grupo Gastronómico Galicia-Nove, punta de lanza de la vanguardia culinaria gallega, que Solla lidera.

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