Buenos Aires: novedades donde comer bien
Nuevas aperturas en la escena gastronómica porteña
A lo largo de este año la escena gastronómica abrió el juego a distintas aperturas que cuentan, cada una a su manera, qué se está cocinando en la siempre dinámica Buenos Aires.
Buenos Aires sigue abriendo mesas. En esta ronda de novedades hay panaderías que reivindican los clásicos argentinos, parrillas con alma de bodegón, casas con horno de leña, ramen de barrio, empanadas que recuperan dignidad y propuestas de mar. Entre toda esta oferta, dos nombres concentran especialmente la atención: Mansión Mihura y Asadero, las –hasta ahora– aperturas del año.
Del espectro gastronómico porteño, seleccionamos nueve lugares para tener en cuenta en esta ciudad cada vez más gastronómica.
Social Corazón
Guatemala 4802, Palermo. Lunes a domingo: desayuno 8 a 11:30, almuerzo 12 a 16, merienda 16 a 19, cena 19 a 1.
Una apuesta distinta de Pablo Rivero y Guido Tassi –Don Julio y El Preferido–: el aquí el foco es la panadería argentina (medialunas, vigilantes, rosettas, libritos) hecha con producto de primera y mirada actual. Alrededor del horno, una cocina simple de ensaladas, tartas y pastas, buena materia prima, técnica precisa y precios más accesibles. Panadería, bar y restaurante todo el día, ideal para familias. También se cena, aunque conseguir mesa sigue siendo casi un milagro.

Parrilla Maravilla
Godoy Cruz 1740, Palermo. Miércoles a sábados de 19:30 a 0; domingos de 12:30 a 15:30.
Un salón amplio, con fuegos visibles al frente y al fondo un jardín con bananos que en verano se disputa. El ambiente es de bodegón moderno: madera, mantel blanco, mozos que saben. Los dueños de Lardo y Rosemary fueron a lo seguro: buena carne y cocciones precisas. Chorizos, morcilla, arañita, bife angosto curado, asado “banderita”. La estrella es la marucha, saignant, con costra fina. Esta parrilla busca diferenciarse con guiños como la inclusión de ensaladas entre los principales, la hamburguesa o el churrasquito de cerdo con toque asiático. Hay papas fritas de triple cocción impecables y una carta de vinos que mezcla clásicos con productores chicos de Buenos Aires.

El Bocadito
Murillo 1116, Villa Crespo. Miércoles a domingo de 20 a 0.
La casona de Villa Crespo que fue autoservicio chino, hoy gira alrededor de un horno de leña. Los techos altos, las mesas de fórmica roja, las paredes de ladrillo a la vista arman un clima de bar de pueblo. Hay producto argentino de calidad y una carta que arranca con bocaditos (salame, aceitunas al horno, nduja con higos). Pizzas a la piedra de fermentación larga y tradición porteña: la de espinaca y bechamel es de las favoritas. Muchos visitan El Bocadito por su lehmeyún. Hay ojo de bife, milanesas y empanadas de carne fritas que vuelan. Para acompañar, vinos de toda la Argentina, vermut, cerveza y precios que no rompen el hechizo.

Mansión Mihura
Av. Las Heras 1725, Recoleta. Atrium: todos los días de 6:30 a 23. The Dining Room: viernes y sábados de 19 a 22. Parlor Bar: domingo a miércoles 19 a 1; jueves a sábado 19 a 2.
La casona tiene biografía propia: la diseñó Eduardo Lanús, el arquitecto del Palacio Errázuriz, y recuperó su esplendor de la mano de Recoleta Grand. Dentro conviven dos bares y dos restaurantes. Abajo, Atrium funciona como all day: se puede almorzar o cenar ostras, sopa de cebolla, langostinos gratinados, un arroz con mariscos o el lomo a la pimienta que volvió a las cartas porteñas. La relación calidad-precio es imbatible.
Arriba, en el coqueto salón de The Dining Room, el tono cambia. Se puede pedir a la carta o un menú de seis pasos. De las entradas destaca la tarta de manzana con cheddar. Entre los principales, el raviol de topinambur con espuma del mismo tubérculo, enebro y caldo de cebolla: al dente, sabroso. El magret de pato pekín con demi glace especiada viene escoltado por un cremoso de membrillo y un kimchi de endivias que merecerían pedido aparte.
Guillermina Usqueda, mejor bartender de Buenos Aires (World Class), brilla tanto en el Parlor Bar como en The Serpent Club. Se agradece la síntesis de camareros y sommeliers al describir platos y bebidas: no hay peor indigestión que un discurso en plena cena. Al buen ambiente se suma la arquitectura que da marco a una cocina sin firuletes, con más sabor y verdad en la olla.

Asadero
Fitz Roy 1041, Chacarita. Martes a sábado de 19 a 0; domingo de 12 a 16.
Abrió en Chacarita de la mano del Grupo Mezcla. Al frente de la cocina, Juan Pedro Rastellino, uno de los cocineros más talentosos de su generación.
El espacio es una casona reciclada con criterio, madera, cocina abierta dominada por tres fuegos —parrilla para carnes, otra para pescados, un horno a leña— y un jardín que promete convertirse en uno de los grandes patios gastronómicos de la ciudad. Acá todo pasa, en algún momento, por las brasas. No como recurso de marketing, sino como concepto. La técnica nunca busca imponerse al producto.
Hay platos que resumen muy bien esa idea: la morcilla de codillo de cerdo con huevo y emulsión de cebolla; una lengua de ternera tierna, dorada en la chapa y acompañada por membrillos y puré de perejil; los chipirones cocidos con una precisión poco frecuente. Las ensaladas ganan el primer plano gracias a los vegetales de la huerta agroecológica de Mezcla y al delicado trabajo sobre las verduras. La carta de vinos juega con una cocina que no necesita golpes de efecto para brillar. De todos los postres lo mejor son los helados de elaboración propia.
Rastellino se mueve con comodidad en un lugar que muestra equilibrio entre comida, ambiente, servicio y relación calidad-precio. De eso se trata un buen restaurante.

Orei Ramen Bar
Pasaje Echeverría 1677 (local 6/8), Belgrano. Miércoles y jueves de 12 a 16 y 19 a 23; viernes a domingo de 10 a 16 y 19 a 23 (asagohan los fines de semana).
En un pasaje de Belgrano, Roy Asato transformó una ventana que abrió en pandemia en ritual urbano. El salón, mínimo, está inspirado en los bares de Tokio de los 70, barra para diez, luz cálida. Roy ofrece quince tipos de ramen en loza tradicional, con set de tsukemono para ajustar sabores. Los caldos se cocina durante horas, como debe ser, y los fideos son de elaboración propia. Orei combina buenos productos locales y precios accesibles. Antes de pedir se pregunta intensidad del caldo y nivel de picante. Hay gyozas, onigiri, cervezas y sakes japoneses.

Empanadas Calientes
Mendoza 1437, Belgrano. Horario reducido (actualmente mediodía, cierre cuando se agota el stock; se prevé ampliación).
Pedro Bargero, el sommelier Marco Scolnik y el empresario Andrés Porcel le devuelven a la empanada su lugar en la ciudad. No son salteñas ni tucumanas: “son porteñas”, más chicas, para comer en tres o cuatro bocados. Fritas y al horno, masa con grasa wagyu, rellenos de carne, jamón y queso, humita, pollo asado y pacú. Chimichurri, llajwa, cerveza, vino, vermut o kombucha. La idea no es reinventar sino volver a lo esencial: masa cuidada, relleno jugoso, temperatura precisa. El local es la primera ventana de un ambicioso proyecto gastronómico que abarca fine dining y una barra de omakase. Desde que abrió hay cola. Horario reducido por ahora, para comer al paso o llevar.

Aldo’s Brasserie Argentina
Azopardo 780, Bajo Porteño. Lunes a domingo de 12 a 23:30.
Nueva parada de Aldo Graziani en el Bajo. Brasas y horno de barro a leña dejan huella en casi todo: pan de grasa caliente, pollo al horno impecable (el plato que no se puede pasar), empanadas de carne jugosas, stracciatella con hongos, lomo a la pimienta con gratin de papas y postres con espíritu de otras décadas. Brasserie traducida al idioma local: carnes, producto de estación, mesas compartidas y más de 300 etiquetas argentinas. Maderas nobles, luz cálida, barra y deck. Ya encontró su público.

Zarautz
Nicaragua 5577, Palermo. Jueves a sábado de 20 a 0 (solo con reserva).
Treinta cubiertos y solo con reserva. El nuevo restaurante de Leandro Leyell dentro de Casa Zarautz, en Palermo hace foco en pescados y mariscos del Atlántico argentino: Merluza Negra & Manteca Negra, Pulpo Fondo del Mar. Hay buenos platos con arroz (afortunadamente el arroz, un producto ninguneado o maltratado empieza a cobrar brillo en la ciudad) y ambiente íntimo en una casa centenaria restaurada, que conserva gran parte de sus elementos originales. El producto ocupa el centro de la escena.

