En mi cocina todos los libros de cocina están encima de la nevera, de canto y pegados por el vapor de años de hervir pasta. Hay uno de arroces que me regalaron dos veces, el de un cocinero que tuvo programa propio un par de temporadas y otro de repostería sin azúcar que solo abrí para comprobar que no lo iba a usar. Más atrás hay un par cuya existencia había olvidado hasta que me subí a una silla para mirar. En casi todas las casas existe esa balda. Y cuando por fin se decide vaciarla, aparecen unas cuantas ideas que vienen de otra época.
La primera es que un libro de cocina de segunda mano no lo quiere nadie. Lo quiere bastante gente, y por una razón muy sencilla: una receta de lentejas de hace quince años sigue saliendo igual de bien. Un recetario no se queda viejo como una guía de viaje o un libro de informática. Puede que la foto de portada tenga una estética que ya no se lleva, pero las cantidades y los tiempos son los mismos.
Lo que sí pasa es que desaparece pronto de las librerías. En 2024 se inscribieron 89.347 libros en el ISBN en España, según la estadística de edición del Ministerio de Cultura (la base de la Panorámica de la Edición Española de Libros). Con tantas novedades compitiendo por un hueco en la mesa de entrada, el libro que hace tres años estaba a la vista hoy solo aparece de segunda mano.
¿Y quién lo busca? El estudiante que se acaba de independizar y no sabe hacer una bechamel. La persona que perdió su ejemplar en una mudanza y quiere el mismo, con las mismas fotos. El aficionado que está aprendiendo la cocina de una región concreta y busca todo lo que se ha publicado sobre ella. Casi todos se lo piensan antes de pagar un libro nuevo, que en 2025 costó de media 15 euros por ejemplar en papel, según el informe Comercio Interior del Libro en España de la FGEE.
Por culpa del «por si acaso», la FGEE contó una media de 233 libros por hogar la última vez que lo preguntó en su Barómetro de Hábitos de Lectura. Las recetas que de verdad se cocinan acaban fotografiadas en el móvil o apuntadas en un pósit pegado en la puerta del armario.
Lo de que venderlos no compensa tenía sentido cuando había que cargar con dos bolsas hasta una librería de viejo, esperar el veredicto y volver a casa con la mitad del peso. O cuando la otra opción era publicar un anuncio por cada libro, contestar preguntas sobre el estado de las esquinas y acercarse a correos para enviar un paquete que, entre unas cosas y otras, apenas dejaba nada.
Ahora se escanea el código de barras y la tasación sale en ese mismo momento. Si un libro no lo quieren, lo sabes antes de meterlo en ninguna caja y decides tranquilamente qué haces con él. Sin desplazamientos ni portes que descontar, las cuentas son mucho más fáciles de hacer.
Aquí está el mito más extendido: que venderlos es un lío. Lo comprobé con los míos un domingo por la mañana, con el café todavía caliente.
Bajé los once recetarios a la mesa y aparté dos. Uno porque tiene notas a lápiz de mi madre al margen, del tipo «menos sal» o «mejor con caldo de casa», y el otro porque, siendo sincera, lo sigo usando. Esa criba es lo único que cuesta, y no por el tiempo que lleva.
Con el resto entré en Hamelyn y fui pasando el código de barras de cada uno por la cámara del móvil. Cada tasación aparecía al instante y la lista iba creciendo en la pantalla mientras los libros cambiaban de montón. Tardé más en quitarles el polvo que en escanearlos.
Hubo uno que no entró: un diccionario de términos culinarios que alguien me regaló cuando empecé a interesarme por la cocina. Diccionarios y enciclopedias no se compran, así que si tenéis la enciclopedia de cocina en fascículos que se vendía en los quioscos, dejadla fuera desde el principio.
Después solo queda la caja. Me sirvió una de la última mudanza, con los libros tumbados y bien encajados para que no bailaran. Elegí el día de la recogida y el mensajero vino a casa a por ella. El transporte no cuesta nada siempre que sea en la España peninsular. En Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla la recogida no es gratuita.
No tuve que hacer fotos ni escribir un anuncio. Tampoco quedé con nadie en un portal ni tuve que explicar por mensaje que la mancha de la página doce es de aceite y no de humedad. Lo más incómodo de toda la mañana fue volver a subirme a la silla.
Si nueve recetarios no llenan la caja, se puede completar con novelas, discos, películas o videojuegos que llevan tiempo sin salir de su estantería.
Encima de la nevera ahora hay dos libros y bastante polvo que limpiar.
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