Mucho se está hablando del déficit de vitamina D entre los españoles. Pero no se trata, como podría pensarse, de una consecuencia de los meses de confinamiento, sino de una situación que arrastramos desde hace tiempo.


Es cierto que pasar semanas y semanas sin apenas recibir de forma directa los rayos de sol no puede ser bueno para nadie, pero el problema en torno a la vitamina D viene de mucho más lejos.

En realidad, partimos de una creencia sumamente arraigada en nuestro país. Sabemos, porque lo hemos oído aquí y allí, que el sol ‘es bueno’ para la vitamina D. A partir de ahí, interiorizamos que, en España, el país del sol, estábamos a salvo. Que eran los nórdicos los que tenían el problema. Por eso nunca nos medíamos los niveles de vitamina D y no nos preocupábamos del tema; tan solo comenzaba a inquietar cuando el fantasma de la osteoporosis llamaba a nuestra puerta.

Porque otra de las cosas que hemos oído mil veces es que la vitamina D ‘es buena’ para el calcio y, en consecuencia, para los huesos. Y sabemos que, en los ancianos, osteoporosis y fracturas óseas van de la mano.

La vitamina D es necesaria para una adecuada mineralización ósea

Tal y como nos indican desde la Sociedad Española de Endocrinología Pediátrica (SEEN), “su deficiencia -siempre que sea severa y mantenida- ocasiona osteomalacia, un síndrome que se caracteriza por un reblandecimiento de los huesos debido a la pérdida de sales calcáreas. En situaciones de insuficiencia leve, la carencia de esta vitamina se relaciona con una mayor fragilidad ósea”.

Y sí, es cierto que los ancianos están en mayor riesgo… pero los demás no nos libramos. Ni con sol ni sin sol. “En España se han descrito concentraciones bajas de esta vitamina en más del 80% de los individuos mayores de 65 años y en un 40% de la población menor de 65 años”, señala la doctora Antonia García Martín, coordinadora del Grupo de Metabolismo Mineral de la SEEN. Y no es solo un problema nuestro: el 88% de la población mundial está también bajo mínimos. Es una ‘epidemia’ global.

Sí, es global, y sus consecuencias pueden ir más allá de lo aparentemente obvio: clásicamente se consideraba que la única función de esta vitamina -o, desde luego, la más importante- era la absorción de calcio. Nos ayudaba a mantener los huesos fuertes. Pero, en la actualidad, se sabe que también participa activamente en el funcionamiento de otros aparatos y sistemas: juega un rol importante en el desarrollo inmunitario, el metabolismo, el sistema cardiovascular… Es una pieza clave para nuestra salud.

Para entender por qué más de la mitad de los españoles estamos en riesgo, tenemos que saber que ésta no es una vitamina como las demás.

Normalmente, cuando pensamos en la carencia de una vitamina, tendemos a pensar en un déficit nutricional. Estamos acostumbrados a oír a los especialistas invitándonos a que, en vez de tomar suplementos, nos encomendemos a frutas y verduras. Nos dicen que con una dieta rica en vegetales diversos tendremos cubiertas las necesidades de nutrientes. Pero, como decíamos, esta recomendación no es extensible a la vitamina D; tal y como nos indican desde la SEEN, a través de la dieta solo podemos cubrir una mínima parte de nuestras necesidades; la gran mayoría tenemos que fabricarla a partir de la exposición al sol. De forma muy resumida, podemos decir que necesitamos la acción de los rayos UVB para que se realice la síntesis cutánea, un complejo proceso en el que un derivado del colesterol se transforma en provitamina D.

Y empiezan las preguntas: si, en principio, la clave está en la radiación solar, ¿cómo es posible que los españoles estemos tan escasos, siendo como somos uno de los países con mayor número de horas de sol? “La mayor parte de España está por encima del paralelo 35oN, donde la posibilidad de sintetizar vitamina D es escasa en invierno y primavera -explica la doctora García-. Pero también las altas temperaturas del verano en determinadas zonas de España propician la ausencia de exposición al sol en personas especialmente vulnerables, como los ancianos”.

Esto nos da una explicación, pero nos abre un nuevo interrogante: si el sol no nos basta, ¿siempre hemos tenido esta carencia? Y aquí no hay respuestas; realmente, no tenemos ni idea, porque no ha sido sino hasta ahora cuando hemos empezado a medir nuestros niveles.

Dábamos por sentado que íbamos sobrados

Ciertamente, hasta hace muy poco tiempo, la vitamina D no tenía ningún protagonismo; apenas actriz de reparto, tan solo llamaba la atención en los casos de osteoporosis y osteopenia. Pero, desde hace unos años, está hasta en la sopa: ginecólogos, reumatólogos, médicos de atención primaria, cardiólogos, oncólogos… desde todas las especialidades se ha comenzado a incluir en las analíticas una medición de los valores de esta vitamina. “Yo siempre los mando -confirma la doctora Isabel Aldanondo, dermatóloga del Hospital San José de Madrid-, y todavía no me he encontrado a ningún paciente que no tenga déficit”. No es extraño que, ante esta situación, cada vez haya más personas en España a las que su médico les ha aconsejado que tomen suplementos de vitamina D.

Pero, yendo a la nutrición, que es lo nuestro, debemos tener en cuenta unas recomendaciones. Por ejemplo, que hay que tener cuidado con los lácteos desnatados. Piensa que la vitamina D es liposoluble, es decir, se disuelve en grasa. Si no hay grasa, no hay vitamina D (tampoco A, E y K, que son las otras vitaminas liposolubles). Por tanto, los yogures, leches y quesos desnatados no tendrían vitamina D. Esa es la razón de que estos productos lleven en su etiquetado ‘enriquecido en vitamina D’. Sí, el dichoso ‘enriquecido’ que tantas veces no es sino una engañifa… y, en este caso, también.

Para entender cómo nos confunden desde la industria, tenemos que hacer un pequeño apunte de biología. Lo primero que debemos saber es que la vitamina D se puede encontrar en dos formas: D3 o calciferol, que procede de fuentes animales, y D2 o ergocalciferol, que se produce en fuentes vegetales. La que nosotros necesitamos es la D3, porque es la que con mayor facilidad se convierte en hormona activa, mientras que la D2 apenas repercute en nuestra salud.

¿Qué es lo que ocurre?

Que resulta mucho más sencillo y económico obtener vitamina D2. Y sí, efectivamente, lo que está sucediendo es que la casi totalidad de los productos enriquecidos o reforzados con vitamina D (desde tus cereales del desayuno a tus lácteos desnatados), lo que tienen es vitamina D2.

Que no es que sea mala… pero no esperes que te proteja de la osteoporosis. Siguiendo con la nutrición, aunque no sea la principal fuente de vitamina D, no olvidemos que hay alimentos que nos pueden ayudar. Eso sí, siempre teniendo en cuenta que, por sí mismos, no bastarán para completar nuestros requerimientos de vitamina D y necesitaremos del sol. La mayoría de los alimentos ricos en vitamina D son de origen animal y, entre ellos, encontramos los pescados grasos, la yema de huevo o los lácteos enteros.

¿Recuerdas aquellos años en los que a los niños se les daba aceite de hígado de bacalao?

Se hacía para prevenir el raquitismo -una enfermedad causada por un déficit de vitamina D-, ya que una sola cucharada de este mejunje basta para aportar más de la cantidad diaria recomendada. Han pasado ya aquellos tiempos y no torturaremos a los pequeños con su amargo sabor.

Mejor comamos bacalao tal cual, que está estupendo en cualquiera de sus versiones

Empanada de maíz con bacalao y pasas

 

1 Comment

  1. Cristobal el 22 julio, 2020 a las 19:15

    Por fin algo claro y muy bien expuesto sobre la vit. D que agradeceran muchos lectores .Enhorabuena

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