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La cabaña es un restaurante singular en un entorno singular. Allí el cocinero Pablo González deja volar su imaginación para componer un menú plagado de platos play food cuyo objetivo es sorprender al comensal. Un juego culinario, infantil en las formas pero serio en el fondo, que trata de dar un giro a recetario tradicional murciano. Es muy popular para la celebración de eventos, sobre todo bodas.

DIRECCIÓN: Urbanización Buenavista s/n Murcia (MURCIA) .ESPAÑA

CONTACTO: 968 889 006


PRECIO MEDIO: De 60 € a 70 €

TIPO DE COCINA: Contemporánea

DÍAS DE CIERRE:Domingo cena, Doming comida, Sábado cena, Viernes cena, Miércoles cena, Martes cena, Lunes cena


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TIPO DE DECORACIÓN: Contemporánea



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30/04/2013
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@Gastroactitud
VALORACIÓN 7/10

Si dejáramos volar la imaginación el cocinero Pablo González podría haber interpretado el famoso film de Ken Annakin “Aquellos chalados en sus locos cacharros” (1965) por los extraños artecatos que disña y en los que presenta los menús de su restaurante. Testimonios del más puro play food que no tiene otro propósito que sorprender a los clientes en la sala. Una puesta en escena  a estas alturas insólita, asociada a ingeniosos cachivaches, en los que a veces se intuye la  vaga influencia de algunos de sus colegas de oficio como Dani García, Joan Roca y Quique Dacosta. Frivolidad en las formas que, sin embargo, no desdibujan la seriedad de su trabajo en la cocina.

A modo de aperitivo, dentro de un jarrón de cristal gigante se reproduce un supuesto picnic en la Manga del Mar Menor. En su interior, arena de mar comestible, conchas vacías, un berberecho al aire de lima y un corte del cóctel cosmopolitan solidificado. Conjunto bien armonizado. El segundo servicio obliga al uso de una mini caña de pescar con la que, tras hacer girar el carrete, los comensales “pescan” en la mesa taquitos en salazón de caballa. Y como trago alcohólico un dedal de vermú. Todo bastante naïf, desde cualquier perspectiva. La tercera sorpresa adopta la forma de una nevera portátil, roja acharolada poco más grande que una caja de zapatos, una por comensal, que contiene una avalancha de tapitas. En sus repisas, mini tortilla de patatas, pizzas de zarangollo y pisto, bocadillo de pan de queso con jamón, ensalada murciana y una lata de caviar de huevas de mújol a la crema de almendras. Miniaturas que cumplen sin desencantos. El cuarto artefacto recuerda algún dibujo bélico de Leonardo da Vinci. Del interior de una caja metálica perforada emerge una tacita de suculento caldero murciano tras articular un engranaje de mano. Trago ridículo aunque sabrosísimo, que genera insatisfacción por lo exiguo de las cantidades. Luego llega el conocido árbol de alambre, ya visto en otros lugares, de cuyas ramas cuelgan verduras coronadas por un mini huevo de oro. Poco estimulante.

En las propuestas que siguen, que se presentan en recipientes más convencionales, González armoniza su fidelidad a las suculentas tradiciones de la cocina murciana, con una originalidad estética que a veces resulta algo forzada. Es correcto el bloody Mary con langostinos de la costa y chipirones; sabrosa la fideuá de manitas de cerdo con cigalas; acertadas las mollejas de cordero con crema de coliflor al caramelo de romero e insólito aunque bastante conseguido el arroz con costillas con pil- pil y alioli de alcachofas. Lástima que el postre, un bizcocho de arándanos con queso y crema de cookies baje tanto. La Cabaña es un restaurante llamativo situado en una preciosa finca rodeada de jardines y palmeras, que los fines de semana acoge reiterados eventos y entre semana llena en turnos de mediodía. Restaurante de pleno éxito, con una gran bodega y un servicio de sala que, acostumbrado a gestionar grandes concentraciones se comporta con ademanes displicentes, impropios de un lugar con semejantes aspiraciones. 

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