Adiós a Benjamín Romeo, el sensible vendaval del vino de Rioja

Por si no tuviéramos bastante con incendios, terremotos, guerras, olas de calor y demás calamidades, en verano a la gente también le da por morirse. Hay quien dirá, con toda lógica, que los fallecimientos acontecen durante todo el año. Pero, quién sabe, quizás se sucedan con mayor discreción. O nos afecten menos que una pérdida como la que hemos sufrido ayer. La de Benjamín Romeo.

Viticultor con mayúsculas, Benjamín era también un individuo de esos que dejan huella. No estaba hecho para el protocolo, la trivialidad ni la diplomacia. Se presentaba en cualquier escenario como un vendaval. Inasible, testarudo, intransigente. Parecía afrontar la vida como una batalla: los que estaban a favor de sus ideas e intenciones podían acompañarle; el resto, lo llevaba claro. Pero tras aquella imagen del hombre de pueblo, duro y curtido por las tareas del campo, había un artista con una sensibilidad extraordinaria. Y un alma generosa que –contra todo pronóstico– también era capaz de transigir y comprender otras posturas.

El legado de Benjamín Romeo

Todo un personaje, de una complejidad insólita, que sin duda se fue enriqueciendo con el paso de los años y a través de los viajes por el mundo. Porque Benjamín fue, también, el mejor embajador de sus vinos. Acompañado, siempre, por su fiel amigo de siempre, Patxi Fernández, quien se ocupa de la dirección comercial de la bodega Contador y ha estado a su lado hasta el final.

El bueno de Patxi –que ahora tiene la gran responsabilidad, junto a los herederos de Benjamín y el personal de la bodega, de gestionar el legado que dejó el creador de Contador–, fue el testigo más cercano de la excepcional trayectoria que situó a Romeo como una de la figuras más trascendentes del vino riojano en los últimos 30 años.

 

Benjamín Romeo, en uno de sus viñedos en el entorno de San Vicente de la Sonsierra

 

Vinos mayúsculos que emocionaron al mundo

Aunque su familia cultivó viñas desde siempre en el entorno de su pueblo, San Vicente de la Sonsierra, el primero de la saga que firmó sus propios vinos fue el propio Benjamín, cuando –tras formarse en viticultura en Madrid– se animó a dejar su trabajo en Artadi y se aventuró a elaborar vinos mayúsculos en un garaje minúsculo. El primero fue La Cueva del Contador, que nació en 1995 y debe su nombre a la cueva que adquirió Romeo para almacenar y conservar el vino, bajo el castillo del pueblo de San Vicente.

Aquel tinto que emocionó al mundo revelando la expresión más fiel de un paisaje privilegiado, dio alas a Benjamín para desarrollar un proyecto que siempre tuvo su fundamento en el patrimonio vitícola. A medida que fue sumando parcelas de viñas viejas, negociando con los viticultores del entorno, Romeo amplió su repertorio con nuevos vinos: La Viña de Andrés Romeo, Predicador –blanco y tinto–, el blanco Qué bonito cacareaba (antes Gallocanta) y, por supuesto, el célebre Contador, icono de la bodega. Más tarde llegarían las exclusivas cuvées encuadradas en la Colección Benjamín Romeo: La Liende, La Canoca, El Bombón y La Dehesa –a las que luego se sumó el blanco Sauco– y el tinto Alma, concebido en principio para su distribución en la elite de los mercados internacionales. Además de otros igualmente notables, que no tuvieron continuidad por alguna razón que hoy aquí no viene a cuento. También puede que la memoria me traicione y se me olvide alguna referencia. El lector sabrá disculparme.

Habrá que apuntar que el tinto Contador es una excepción en mundo del vino español, ya que obtuvo los anhelados 100 puntos Parker en dos añadas consecutivas, 2004 y 2005. Aunque para quien esto firma, se trata de un dato estadístico. Porque tras aquellas añadas, Benjamín superó el listón de calidad con otras añadas de Contador más recientes. Pero, como ya se sabe, cada catador tiene sus criterios…

 

La añada 2019, el vino iconico de Benjamín Romeo

 

Los sueños y obsesiones de un viticultor irrepetible

En cualquier caso, más relevantes que las calificaciones de las guías han sido las iniciativas que emprendió Benjamín Romeo en busca de la excelencia de sus vinos, como las instalaciones de la bodega que Contador estrenó en 2008, con un diseño austero del joven arquitecto Héctor Herrera que se integran en el paisaje y combinan funcionalidad y principios de bioclimática para que el vino se encuentre «a gusto».

En los últimos años, Benjamín estaba centrado en un proyecto al que dedicó gran parte de sus esfuerzos y ilusión: El Llano de la Madera. Un paraje agreste localizado a 750 metros de altitud, en las cotas más elevadas del entorno de San Vicente de la Sonsierra, donde se empeñó en implantar el cultivo de viñedos, en busca de nuevas alternativas para afrontar el desafío del calentamiento global.

El proyecto –sin parangón en el contexto de la viticultura riojana– se fundamenta en una visión de futuro y principios sostenibles, en el que el componente biodinámico tiene gran relevancia. «Hemos venido a un terreno virgen donde nacerán los riojas del futuro», decía Benjamín.
Queda en manos de los que quedamos en este mundo ingrato continuar con su labor. Vaya responsabilidad. Habrá que estar a la altura y hacerlo bien. En honor a la memoria de este viticultor irrepetible. Y por el futuro del vino de Rioja.

 

Federico Oldenburg

Periodista especializado en vinos y destilados, colaborador de numerosos medios internacionales y jurado de los más prestigiosos certámenes vinícolas.

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