El temprano fallecimiento de Benjamín Romeo, el pasado mes de agosto, ha llevado a su hijo Andrés a asumir el relevo para preservar su legado y dar continuidad a los proyectos que impulsó uno de los viticultores más relevantes de la Rioja contemporánea.


La vida está llena de paradojas, aunque algunas tienen más trascendencia que otras. Que se lo pregunten al joven Andrés Romeo. O a su padre, nuestro añorado Benjamín, allí donde esté.
Entre ellos nunca hubo paradojas. Benja adoraba a su hijo mayor y siempre lo apoyó en sus decisiones, alentando sus talentos y respetando su voluntad a la hora de elegir su propio destino. Andrés nació en 1999 y creció cerca de él, correspondiendo a ese cariño y a esa confianza. De hecho, acompañó a su padre en algunos de sus viajes profesionales por el mundo.

La discrepancia llegó cuando Andrés, estudiante aplicado y formado en Derecho y Administración y Dirección de Empresas, le anunció que no contemplaba asumir en el futuro la gestión de la bodega Contador ni el resto de los proyectos vinícolas que había emprendido en Rioja. Quienes tuvimos la oportunidad de conocer bien a Benja sabemos cuánto le dolió aquella decisión. Pero no quiso presionar a su hijo para que cambiara de opinión. Respetó su voluntad, con la esperanza de que su hija Alma, que entonces apenas tenía diez años, quisiera asumir el relevo cuando llegara el momento.

Sala de barricas de la Bodega Contador, en San Vicente de la Sonsierra (RIoja Alta).

 

La gran paradoja de esta historia

Pero no hubo tiempo para ello. Una enfermedad inesperada, que se llevó a Benjamín Romeo a los 61 años, el pasado 17 de agosto, trastocó todos los planes. Y también cambió el destino de Andrés, que acompañó a su padre durante sus últimos meses, hasta el desenlace. Sin embargo, no llegó a decirle que había decidido ponerse al frente de la bodega, dejando atrás sus estudios. Ahí reside la gran paradoja de esta historia.

¿Cómo fueron esos últimos meses en los que acompañaste a tu padre?

Yo fui su sombra durante los últimos meses. Porque, a pesar de la enfermedad, se mantuvo muy activo. Antes de ingresar en el hospital seguía supervisándolo todo, y yo lo acompañaba siempre. Íbamos a la bodega, visitábamos las viñas, controlábamos la impresión de las etiquetas o comprobábamos las reformas de unas cuevas y de una cabaña. Por supuesto, durante ese periodo se apoyó en su equipo de trabajo, liderado en la bodega por los enólogos Juanjo Santos Díez y Allende Pérez Medrano, y en el viñedo por Jesús Muntión del Campo. Todos asumieron una mayor responsabilidad y se comprometieron a fondo para sacar adelante el proyecto. Pero mi padre seguía estando al tanto de todos los procesos. Hasta el punto de que, cuando ya lo llevaba para su último ingreso en el hospital, llamó a Juanjo para darle indicaciones técnicas y calcular mentalmente las correcciones que debía aplicar a cada vino. Eso me impresionó.

¿Crees que en esos meses Benjamín era consciente de que afrontaba el final de su vida?

Aunque le escuché decir «me estoy muriendo» en una conversación con su gran amigo Patxi Fernández, que también es el director comercial de la bodega, delante de nosotros, sus hijos, nunca se derrumbó. Mantuvo una actitud muy positiva hasta el final y siguió implicándose en cada detalle de su trabajo, como si la vida le ofreciera la posibilidad de continuar adelante. Cuando ya estaba ingresado en el hospital, había previsto supervisar la vendimia mediante un sistema de cámaras instaladas en los viñedos. Pero no pudo ser: falleció apenas unos días antes de que comenzara la recogida de la uva.

 

Andrés Romeo, trabajando en la bodega, tras la vendimia de este año 2026

 

Un relevo natural al frente de Contador

¿Cuándo decidiste abandonar tus estudios para incorporarte al equipo de la bodega y asumir la gestión?

No fue una decisión repentina. El cambio de planes se produjo de manera progresiva. Cuando diagnosticaron el cáncer a mi padre, yo estudiaba en Madrid y me preparaba para una oposición a la judicatura. En un principio decidí continuar con los estudios a distancia para poder acompañarlo, pero acabé abandonándolos. Sobre todo, porque cuando supimos que tenía metástasis no me encontraba en condiciones mentales de afrontar una preparación tan exigente. Decidí estar con él hasta el final y, como su fallecimiento coincidió con el comienzo de la vendimia, apenas hubo tiempo para el duelo. El equipo de la bodega se volcó en el trabajo en la viña. Todos esperaban que asumiera la gestión, entre otras cosas porque Benjamín era el administrador único de la compañía. Así se ha resuelto de forma natural la sucesión, ya que mi hermana Alma todavía es menor de edad. En la bodega hay muchísimo trabajo y mucho que aprender. Pero, durante estos primeros meses, implicarme en las tareas del día a día me ha ayudado a sobrellevar el duelo. Ha sido, en cierto modo, una forma de terapia.

En esta nueva etapa podrás aplicar tu formación en Administración y Dirección de Empresas, pero también eres hijo y nieto de viticultores. Has crecido en una bodega, rodeado de viñas y en contacto con la cultura del vino. ¿Cuál es tu aspiración en ese sentido?

El vino siempre ha estado presente en mi vida, aunque no tengo el conocimiento ni la experiencia que tenía mi padre. Soy una persona curiosa por naturaleza y tengo vocación de aprender, así que me encuentro en una posición privilegiada para profundizar en todos los aspectos de esta cultura. Además, el equipo me está ayudando mucho. ¡Estoy haciendo un máster avanzado en viticultura, marketing, ventas y comunicación! Ayer estuve en el campo, haciendo «morgones» en el viñedo; el día anterior, en un almuerzo con medios de comunicación en Madrid… Es un aprendizaje intensivo y una oportunidad de oro.

 

El legado y el estilo de los vinos

 

Tu padre estaría orgulloso. ¿Crees que habéis hecho lo necesario para garantizar su legado y dar continuidad a sus proyectos?

Hemos hecho lo que creemos correcto para estar a la altura del legado de Benjamín Romeo y dar continuidad a la bodega Contador y a iniciativas como El Llano de la Madera, donde consideramos que está el futuro del vino riojano. Pero hay que mantener los pies en el suelo e ir avanzando poco a poco para demostrar que estamos preparados para afrontar este desafío, sin generar falsas expectativas, especialmente en un momento difícil para el sector.

Por último, ¿crees que la impronta de unos vinos tan personales como los de Benjamín Romeo podrá prevalecer en el futuro, en ausencia de su autor?

Eso el tiempo lo dirá. Yo confío en que los vinos mantendrán sus cotas de calidad y excelencia porque las cosas se seguirán haciendo con la misma filosofía y de la manera en que mi padre hubiera querido. El equipo técnico de la bodega está bien consolidado, construido a imagen y semejanza de Benjamín. Sus enólogos tienen el estilo y el know-how grabado a fuego. De hecho, en los últimos años el trabajo y el peso diario de la bodega ya recaían sobre ellos, a pesar de que Benjamín seguía controlando todo. Aunque también es verdad que mi padre tenía un don, una capacidad extraordinaria para interpretar la viña y realizar los ensamblajes. Al no estar él, quizás en el futuro puedan llegar a notarse algunas diferencias, pero es algo que ahora mismo no podemos prever.

 

Federico Oldenburg

Federico Oldenburg

Periodista especializado en vinos y destilados, colaborador de numerosos medios internacionales y jurado de los más prestigiosos certámenes vinícolas.

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