Flandes, cervezas de culto y cocineros rebeldes

Flandes es un territorio soñado para los viajeros de paladar sensible. El norte de Bélgica se sitúa, por derecho propio, en el pedestal más alto de los lugares imprescindibles para los amantes de la cerveza, por varias razones. Entre otras, porque la región flamenca alberga seis de los monasterios que elaboran las legendarias cervezas trappenses. Y no sólo eso: desde la Edad Media, Flandes es el corazón de la cultura cervecera europea, cuna de tipologías endiosadas por los talibanes del lúpulo, como las lambic, de marcas globalizadas, como Stella Artois, así como muchas otras que han conseguido situarse como referencia de calidad para muchas generaciones de cerveceros.

Considerando todo esto, cualquier periplo hedonista que se precie por tierras flamencas –como el que acabo de realizar– tendrá un inevitable e irresistible componente cervecero. 

En mi caso, en apenas cuatro días de ruta he podido visitar la legendaria fábrica Cantillon de Bruselas –lugar de culto para los amantes de las cervezas lámbicas y brebajes tan maravillosos como la Gueuze, de doble fermentación, o la rojiza y acidísima kriek–; De Kroon, en Neerijse, cerca de Lovaina, donde ejerce el eminente sabio cervecero Freddy Delvaux; De Koninck, en Amberes, que cuenta con un museo interactivo de la cerveza; y por supuesto Westmalle referencia entre las trappistas, sita en el pueblo del mismo nombre, a 30 kilómetros de Amberes

Cantillon, Bruselas

El componente cervecero de mi viaje a Flandes no se acabó con las visitas a las citadas fábricas, ya que en varios puntos del itinerario me vi sometido a gozosas catas y degustaciones de esta bebida, cuando no he dado con mis huesos en establecimientos que funcionan como inagotables  centros de promoción del tesoro líquido flamenco.

Cerveza Westmalle

Trufas y armonías cerveceras en Lovaina

Así es como en Lovaina, recién bajado del avión, tuve que someterme a una sorprendente cata de armonías entre cervezas raras e insólitas trufas de chocolate, pergeñadas por el repostero Patrick Aubrion, en el obrador de su tienda en esta ciudad, Antoine.

Patrick Aubrion, Antoine (Lovaina)

En la misma ciudad, me presté también a deglutir dos menús de degustación, maridados con incontables cervezas, en dos locales punteros en el movimiento d

e los Flanders Kitchen Rebels, regentados por cocineros jóvenes que se han impuesto a poner patas arriba la gastronomía de Flandes con platos de técnica p

recisa y esencia naturalista. En Lovaina, se puede disfrutar de esta experiencia gastronómica-cervecera en dos pequeños locales de estética rompedora y trato exquisito, situados uno en frente del otro, en la céntrica calle Muntstraat: EssenCiel y Trente.

 

Además, acorde a su carácter de ciudad universitaria, Lovaina cuenta también con interesantes tabernas cerveceras, como The Capital, con una carta de más de 2000 referencias o el bar M, sito en el museo de arte de esta villa.

Essenciel, Lovaina

Amberes, mariscos, diseño y museos interactivos

La oferta lúdica-cervecera está también a la orden del día en Amberes, que concentra tantos turistas como bares, restaurantes, ginebrerías y tiendas de diseño. En esta noble villa –donde aún se perciben las huellas imperiales de los Austrias, con simbología española por doquier– el mejor plan puede ser empaparse de cultura cervecera en el centro interactivo de la cervecería De Koninck –que ya he citado– para luego poner en práctica los conocimientos adquiridos en el Grand Café De Rooden Hoed, en el que se riegan los mariscos (lo mejor, el bogavante) y otros platos con la larga selección de cervezas que luce este supuesto café (bistrot, más bien), cuya carta sugiere enlaces entre sólido y líquido. 

A la mañana siguiente, lo mejor es poner rumbo a Westmalle. Pero como normalmente la abadía trappense –y su fábrica de cervezas anexa– no se pueden visitar, hay que conformarse con beberse unas cuantas birras y picar platos monacales en el Café Trappisten, a tiro de piedra de la residencia de los monjes.

Gante, cultura y placeres mundanos

Por fin, la cuarta y última parada de mi periplo flamenco ha sido Gante, la ciudad de esta región que luce el mayor número de edificios históricos, una intensa vida cultural y una situación privilegiada, en la confluencia de los ríos Escalda y Lys y a medio camino entre Brujas y Bruselas.

Capital de la provincia de Flandes Oriental, Gante revela su buena sintonía con los foodies del mundo gracias a sus intrincadas callejuelas, plagadas de pequeños bistros, bares de ginebras, tiendas de delicatessen… Especial atención merecen sus chocolaterías y pastelerías de diseño, así como el restaurante Vrijmoed, donde el joven chef Michaël Vrijmoed borda una cocina de matices delicados y espíritu cosmopolita, en la que los sabores mediterráneos y los productos flamencos se cruzan con las influencias asiáticas. Sin duda, se trata de un cocinero de talento que dará que hablar: su menú fue el mejor que probé en este itinerario.

En cualquier caso, Vrijmoed es una excusa más para visitar Flandes.  

Más información: www.flandes.net

Federico Oldenburg

Periodista especializado en vinos y destilados, colaborador de numerosos medios internacionales y jurado de los más prestigiosos certámenes vinícolas.

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