Cuando arrecia el calor, perdemos las formas en lo que respecta al consumo de las bebidas alcohólicas. La costumbre de beber los blancos helados y las cervezas a punto de congelación no favorece en ningún caso el disfrute. Para eso, mejor beber agua. 


En España tenemos la mala costumbre –durante todo el año– de servir los vinos blancos y espumosos excesivamente fríos y los tintos, demasiado calientes. La práctica de abandonar los blancos y los vinos burbujeantes en una cubitera, durante toda una comida, resulta nefasta para la percepción de los matices organolépticos de estas bebidas, ya que a una temperatura inferior a los 5º, cualquier vino se convierte en un vulgar refresco, plano de sabores y aromas, sólo adecuado para refrescar la boca (por eso, cuanto peor es el vino, más fresco hay que beberlo…).

Los tintos, en cambio, suelen llegar a la mesa demasiado calientes. “A temperatura ambiente” puede espetarnos un camarero con ínfulas de sumiller, a lo que siempre hay que responder: “A temperatura ambiente… de bodega ¡no de su infernal comedor o cocina!”. El calor, ya se sabe, destaca los defectos del vino y pronuncia la percepción del alcohol. Por tanto, lo ideal es que los tintos se sirvan a 16º y los blancos a 9º o 10º, para que en la copa se atemperen pero no sobrepasen los primeros los 18º y los segundos, los 12º.

En verano, la cosa es aún peor, porque con la maldita canícula todos perdemos los papeles, suponiendo que la ingesta de un vino helado nos hará más felices. Lo que no es más una triste ilusión. A no ser que sea nuestra intención intoxicarnos con un mal vino.

Eso sí, durante los días en los que el calor arrecia, más vale tomar vinos blancos más bien sencillos, aquellos que pueden aceptar ser servidos a unos 9º sin perder virtudes, y tintos jóvenes, ligeros y fragantes, que puedan disfrutarse a unos 14º.

Otro error común en este país es el de ingerir las cervezas a grado de congelación, prácticamente, lo que sin duda perjudica la percepción de todos sus matices sápidos y aromáticos. En el otro extremo se encuentra Inglaterra, donde la cerveza se toma del tiempo, lo mismo da que sea invierno, hiele o brille el sol (esto es más raro, en Inglaterra).

Por tanto, aunque está claro que en las preferencias respecto a la temperatura en la que se debe servir una cerveza entran en juego elementos culturales –además del capricho de cada uno, que es mejor no discutir–, se pueden definir unos consejos generales para disfrutar de esta bebida:

– Las cervezas tipo Lager o Pilsen deben servirse frías (aunque no heladas), entre 4º y 7ºC.

– La familia de las Ale, más densas y amargas, se aprecian mejor a 7,5º-10ºC

– Las de sabor más intenso (y color más cerrado), como las negras irlandesas, pueden disfrutarse incluso más calientes, hasta 13º.

– A partir de 20º o 25ºC, ¡mejor beberse un consomé!

– Hay que procurar no servir la cerveza por debajo de 4º, pero al que le guste beberla extremadamente fría, que elija una rubia y suave, que es la que menos sufre a esas temperaturas extremas.

En cuanto a los gin&tonic y otros combinados, lo adecuado para que estén fresquitos pero jamás aguados, es servirlos en copa amplia, con mucho mucho (y mucho más, aún) hielo. A ser posible, con rocas grandes, que tardan más en disolverse.

Consejos, todos ellos, para que el sibarita de las cosas líquidas pueda seguir siéndolo aunque el sol castigue.

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