80 jóvenes se han incorporado a un oficio que desaparecía


Todavía no ha amanecido cuando cientos de ovejas dibujan una larga línea sobre los caminos de la Sierra de Segura (Jaén). Se escuchan los cencerros mientras los pastores emprenden el camino hacia los pastos de verano. Es la trashumancia: aquí sigue siendo una forma de vida.

Mientras España pierde explotaciones ganaderas año tras año y el relevo generacional se convierte en uno de los grandes desafíos del medio rural, en Santiago-Pontones ocurre algo insólito: 80 jóvenes se han incorporado a la ganadería.

La trashumancia, el desplazamiento estacional del ganado en busca de mejores pastos, sigue viva en el Parque Natural de las Sierras de Cazorla, Segura y Las Villas. En verano, los rebaños suben hasta los Campos de Hernán Perea -altiplanicie más extensa de España-. Tras seis meses, cuando llega el frío, emprenden el camino hacia las zonas más cálidas de Sierra Morena, donde permanecen desde finales de noviembre hasta finales de mayo.

Ganado de Ternasco de Aragón

Pastor trashumante con su rebaño

Son cerca de 300 kilómetros recorridos durante unos quince días siguiendo antiguas vías pecuarias que nacen de las históricas Cañadas Reales, un viaje que se repite desde hace siglos.

Un modelo de éxito en Santiago-Pontones

En 2011, la ganadería extensiva en la Sierra de Segura estaba en declive. El número de cabezas de ganado había caído hasta unas 35.000, y como en muchas zonas de España, la gente joven no contemplaba continuar con este oficio. La falta de rentabilidad, la burocracia y otras dificultades para gestionar los pastos dibujaban un escenario poco alentador.

Sin embargo, tras un largo proceso, los propios ganaderos comenzaron a cambiar las cosas. Trabajar de manera colectiva fue uno de los primeros cambios, gracias a organizarse en una Sociedad Agraria de Transformación (SAT), una fórmula que les permitió gestionar de manera conjunta los terrenos de pastoreo, optimizar recursos y repartir el acceso a los montes de forma igualitaria.

A esa organización se sumó el apoyo de COAG Jaén, que se convirtió en puente entre los ganaderos y la administración. «Había que conseguir que la administración entendiera la realidad de la ganadería extensiva», explica Francisco Elvira, secretario general de la organización en Jaén. Gracias a ese trabajo conjunto se simplificaron trámites y se facilitó el acceso a ayudas para garantizar la viabilidad de las explotaciones.

Panorámica del pueblo de Pontones 

El valor ambiental de la trashumancia

El informe de compatibilidad de usos permitió demostrar que la actividad ganadera y la gestión forestal no solo podían convivir, sino beneficiarse mutuamente. El reconocimiento de este uso compartido hizo posible que los rebaños siguieran aprovechando los montes públicos dentro del marco establecido por el Parque Natural y la Política Agraria Común (PAC), consolidando un modelo que hoy se considera fundamental para la conservación del territorio.

Y es que la trashumancia no consiste únicamente en trasladar el ganado de un lugar a otro en busca de mejores pastos. El paso de los rebaños desempeña una importante función ecológica, pues controla el crecimiento de especies invasoras, favorece la regeneración de la vegetación, aporta materia orgánica al suelo y limpia los bosques, contribuyendo a la prevención de incendios. Además, tras el pastoreo, el terreno descansa hasta el siguiente ciclo. “Lo bonito de la trashumancia es esa gestión del territorio de alto valor ambiental” resume María del Carmen García, veterinaria de la Junta de Andalucía.

A partir de 2012, con un modelo cada vez más estable, los hijos de los pastores decidieron quedarse y muchos jóvenes comenzaron a incorporarse a la profesión.

trashumancia

Ovejas segureñas en los campos de Hernán Perea

La nueva generación: «No cambiaría esta vida por nada»

A sus 23 años, Lope Fuentes, nacido en Fuente Segura, ha decidido continuar con el legado familiar y dedicarse a la ganadería. Es uno de los  80 jóvenes incorporados al sector en Santiago-Pontones. «Yo desde los tres años iba detrás de mi abuelo y de mis padres», recuerda. Algunos imaginaban su futuro lejos del pueblo, pero él siempre tuvo claro cuál sería el suyo. «Hice la ESO y bachillerato, pero me gustaban más los animales. Le dije a mi padre: esto es lo mío».

Durante algunos años tuvo que alternar dos colegios: uno en Santiago de la Espada y otro en Vilches (Jaén). Cada seis meses cambiaba de clase y de compañeros, «yo me adaptaba y hacía amigos», recuerda entre risas. Y explica que, lo más complicado era ponerse al día con los temas, en cada colegio iba a un ritmo diferente. Y a pesar de que puede parecer un modo de vida exigente Lope «no lo cambiaría por nada». Lo mismo piensan el resto de jóvenes pastores de la sierra de Segura: Sonia, Alicia, Andrés…

Lope Fuentes (23), Sonia García (38), Alicia Fernández (32), Andrés Ahibar (26)

Aunque también reconoce que «antes era mucho más difícil. Todo se hacía con mulos o caballos y había que pasar días enteros en los refugios. Ahora tenemos coches, GPS, drones y mejores instalaciones. La vida va cambiando», explica. Por suerte la tecnología ha reducido la dureza del trabajo, aunque sigue siendo esencial conocer el territorio y los cuidados de los animales.

Lope también reivindica el valor cultural y gastronómico que acompaña a la trashumancia, ahí también ha sido esencial la tarea desarrollada por INTEROVIC, potenciando y promocionando el consumo de cordero. «Cuando bajamos por los pueblos también llevamos nuestras costumbres. Las migas de harina, el ajo harina… Son platos que forman parte de nuestra identidad». Y, por supuesto, el cordero segureño, cuya carne, asegura, «tiene un sabor más fino y una textura buenísima gracias a la forma en la que criamos a los animales».

Pierna de cordero asada

Mientras muchos pueblos buscan desesperadamente un relevo generacional, en estas montañas todavía hay jóvenes que deciden caminar detrás de un rebaño porque creen que el futuro también puede encontrarse una tradición que ha sabido adaptarse al siglo XXI.

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Paula Vaquero

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