La subida de las temperaturas anuncia que es el momento de quitarnos el abrigo de camuflaje con todos esos kilos de más que la relajación del invierno nos echó encima. Hay que ponerse a dieta ya, pero ojo: no todo vale


La primavera de 2020, la más extraña de nuestras vidas, nos tuvo confinados en casa y ha sido ahora, con la progresiva apertura de playas, piscinas y terraceo, cuando ha irrumpido la ‘operación bikini’. Y, de su mano, las malditas dietas milagro.

Su propio nombre ya engloba el concepto: hablamos de milagro. Es decir, de algo que es sobrenatural, inexplicable, no sujeto a la lógica ni a la razón. ¿Realmente esperamos perder peso así? Pues parece que sí, a tenor de su continuo predicamento. Por más que vivamos en la sociedad de la información, seguimos queriendo creer en que lo que prometen es posible. ¿Y qué prometen? Básicamente, perder peso rápidamente y sin esfuerzo. Da igual que desafíen a la lógica y al sentido común: cuando se trata de adelgazar, nos volvemos ingenuos, supersticiosos y crédulos. Pero engancharnos a una dieta sin control puede conducirnos a problemas tiroideos, insuficiencia renal o hepática, osteoporosis, sarcopenia, hipertensión… No es broma, no.

Cómo identificar una dieta milagro

Además de esa promesa de que las grasas se volatizarán en un santiamén, hay varias características que nos pueden ayudar a detectar cuándo esa dieta que nos tienta desde el iPad no es sino publicidad engañosa:

  • Suelen vender un método novedoso: no se trata de calzarte lo mismo del verano pasado o de diez años atrás (que ya viste que no funcionó). Esta vez te revelan un ‘sistema nuevo’ que ha dejado ‘perpleja’ a la comunidad científica.
  • Aportan un listado de alimentos buenos y malos, permitidos y prohibidos: suelen restringir el consumo de determinados alimentos -¡prohibido el plátano!- o de un grupo de alimentos -¡no a los hidratos de carbono!- que, en muchos casos, asegura Elena de la Fuente, nutricionista del Hospital Quirón San José (Madrid), “son necesarios para el correcto mantenimiento de nuestra salud”.
  • Exageran la realidad científica de un nutriente: Así, nos pueden instar a que nos atiborremos de salvado (caso de la dieta Dukan) o de omega 3 (caso de la dieta de la lata de atún. Sí, hay una dieta así).
  • Suelen ir acompañadas de testimonios supuestamente reales: Seguro que te suenan esas fotos de antes y después, acompañadas de la leyenda ‘Adelgacé 10 kilos en dos semanas y sin esfuerzo’. Y nos lo creemos, ya ves.
  • A menudo venden suplementos dietéticos: Es ahí donde reside el negocio. Cápsulas, infusiones, gránulos… Cualquier formato es válido para hacer que pasemos por caja, al menos durante las tres semanas que confiemos en la validez del método.

Dietas con gurú

Cada pocos años aparece una, y ya nunca nos abandona del todo. Son las llamadas ‘dietas de autor’, que suelen venir avaladas por un médico y acompañadas de uno (o varios) libros. El negocio es multimillonario.

  • Dieta Dukan: Apareció en 2011 y supuso una revolución. Con más de 12 millones de libros vendidos en todo el mundo, contó con tantos seguidores como detractores. Su creador, Pierre Dukan, propuso un sistema en el que estaban permitidos cien alimentos. Y él mismo decía que “esta oferta viene acompañada de las palabras mágicas: A voluntad”. Era un método con cuatro fases -ataque, crucero, consolidación y estabilización- y con él se conseguía una rápida pérdida de peso. Eso no evitó que Dukan fuera expulsado del Colegio de Médicos ni que la Agencia Francesa para la Seguridad Alimentaria advirtiera de que “puede comportar desequilibrios nutricionales y provocar alteraciones somáticas, psicológicas, hormonales, de crecimiento o de rendimiento”
  • Dieta Atkins: Surgió en los años 70 y, aunque nos parezca increíble, continúa teniendo adeptos. Tanto es así, que se estima que mueve cada año más de 100 millones de euros. ¿En qué consiste el método? Básicamente, en eliminar los hidratos de carbono y potenciar el consumo de proteína animal y de grasas. Claro, el hecho de que se puedan tomar mantequillas, aceites o quesos atrae irremediablemente a los amantes de estos alimentos hipercalóricos. También sobre la dieta Atkins han alertado los científicos, advirtiendo de que puede provocar un incremento del colesterol sanguíneo o de los niveles de ácido úrico.
  • Dieta Montignac: Entre los 80 y los 90, Michel Montignac montó un auténtico imperio vendiendo millones de ejemplares de su método. Él ya no hablaba de recuento de calorías, sino del índice glucémico de los alimentos, y nos puso sobre la pista de la dieta disociada, que con los años cobraría una enorme popularidad. Entre sus ventajas, que no hay alimentos prohibidos. Entre sus inconvenientes, según el ministerio de Sanidad, que es “deficitaria en hidratos de carbono”.

Las más extremas

  • Dieta de la tenia: Sí, se trata de tragarnos un huevo de una tenia y esperara que, cuando crezca, absorba lo que comemos. Una barbaridad. Está prohibida por la cantidad de problemas que puede acarrear -puede, incluso, ser letal-, pero, aun así, los huevos siguen ofertándose por Internet.
  • Dieta de la Sopa Quemagrasas: Es un clásico que, desde hace años, viene y va. Supuestamente se utiliza en el Sacred Heart Memorial Hospital para favorecer una rápida pérdida de peso a los pacientes obesos que van a ser operados de corazón, pero es falso. Es un bulo, sin más. Se trata de una dieta en la que, durante siete días, solo se puede tomar una sopa hecha a base de vegetales. Se basa en la falacia del saldo calórico negativo: se comen menos calorías de las que se queman.
  • Dieta de la Clínica Mayo: Al igual que en la anterior, esta dieta no tiene nada que ver con la famosa clínica estadounidense que le da nombre. Se basa en consumir entre cuatro y seis huevos diarios, excluir los lácteos y reducir las calorías. No hay evidencia científica que la respalde y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria desaconseja expresamente su uso.
  • Dieta HCG: Más allá de ser extremadamente baja en calorías -no permite más de 500 al día-, se acompaña de inyecciones de hormona gonadotropina coriónica humana (HCG), una hormona que se produce durante el embarazo. Está prohibida, ya que puede causar graves problemas médicos

 

La dieta de toda la vida y el efecto rebote

Más allá de la locura de las dieta milagro, tenemos la famosa dieta hipocalórica. La de toda la vida. La que se basaba en la ecuación de comer menos calorías de las que se gastan. La han recomendado durante décadas la mayoría de los médicos, y es verdad que favorecía una pérdida de peso. Al fin y al cabo, prácticamente con cualquier dieta se adelgaza, otra cosa es mantener en el tiempo sus efectos. La cuestión es que la dieta hipocalórica suele ir acompañada del temido y fatídico efecto rebote o efecto yoyó: tras una restricción brusca de las calorías, cuando volvemos a comer ‘con normalidad’ recuperamos el peso perdido y, a menudo, algunos kilos más.

¿Por qué sucede esto? Hay varios mecanismos implicados. Uno de ellos es que, si no andamos con ojo al restringir las calorías, no solo perderemos grasa sino también masa muscular (el cuerpo recurre a las proteínas del músculo como fuente alternativa de energía). Si tenemos menos músculo, disminuye nuestro gasto calórico, es decir, nuestro cuerpo se pone a ralentí, baja el metabolismo. Eso propicia que, al volver a comer como hacíamos antes, nos cueste más trabajo quemar esas calorías extra, que se acumularán en forma de grasa. Pero hay otra cuestión: el ser humano, como especie, continúa el mandato de la supervivencia, que le incita a almacenar energía para tiempos de escasez. Así, tras una temporada en la que el cuerpo no ha recibido la energía necesaria -lo que en tiempos ancestrales podría equivaler a una hambruna-, tiende a contrarrestar y compensar en cuanto vuelve a recibir calorías suplementarias.

El efecto rebote, lógicamente, será mayor cuanto mayor sea la restricción calórica. Cuanto más extrema sea la dieta, cuanto más nos hayamos privado durante el tiempo que la hemos seguido. Por eso es tan importante que nos pongamos en manos de un dietista nutricionista o de un médico especializado en nutrición para que nos acompañe en el camino hacia un peso saludable.

¿Qué dieta debemos seguir?

Lo primero, entender que no hay milagros y que los trucos y atajos suelen ser el camino más rápido hacia la obesidad. Lo segundo, y aun a riesgo de parecer cansina, aceptar que el secreto no es sino olvidarnos de dividir nuestra vida en momentos de barra libre que compensamos con otros de dieta restrictiva. Se trata de alimentarnos bien durante todo el año. ¿Y eso cómo se hace?

  • Comiendo alimentos reales, en vez de productos ultraprocesados
  • Favoreciendo el consumo de verduras, hortalizas y frutas
  • Consumiendo grasas saludables (pescados azules, aguacates, frutos secos, aceite de oliva virgen extra…)
  • Tomando proteínas de alta calidad, tanto animales (carne, huevos, pescado) como vegetales (legumbres)
  • Reduciendo al máximo el consumo de alcohol, azúcares y otros alimentos refinados

Todo esto se engloba dentro de la Dieta Mediterránea. Pero la dieta mediterránea real, que muy poco tiene que ver con lo que comemos en España. Se trata de una reeducación alimentaria que favorezca nuestra salud, mejore nuestra relación con la comida y nos ayude a desprendernos de toda esa comida adictiva que nos hace esclavos de los reclamos de la publicidad.

 

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1 Comment

  1. Marta Corredera Chacon el 8 julio, 2020 a las 03:45

    Yo creo que la mejor dieta es comer menos cantidades de todo y ya está.

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